dissabte, 25 de maig de 2013

813-LA BARCELONA EN LA POSTGUERRA: PERE PI CABANES SURT CITAT A "ELMUNDO.ES"

http://www.elmundo.es/especiales/2013/cultura/juan-marse/barcelona.html

Reportatge de la periodista Raquel Quilez a "elmundo.es" relatíu a la Barcelona en la postguerra, en l'obra de Juan Marsé Carbó (Barcelona, 1933). Article de El Mundo:

«Antes de la guerra, el Carmelo y el Guinardó se componían de torres y casitas de planta baja: eran todavía lugar de retiro para algunos aventajados comerciantes de la clase media barcelonesa. Pero se fueron. Quién sabe si al ver llegar a los refugiados de los años cuarenta, jadeando como náufragos, quemada la piel no sólo por el sol despiadado de una guerra perdida, sino también por toda una vida de fracasos, tuvieron al fin conciencia del naufragio nacional, de la isla inundada para siempre, del paraíso perdido que este Monte Carmelo iba a ser en los años inmediatos"».
'Últimas tardes con Teresa'

«Sarnita y su madre se fueron unos días al pueblo, vestidos de luto los dos: el padre había aparecido colgado en la portería del campo de fútbol del Europa».
'Si te dicen que caí'

BARCELONA EN LA POSGUERRA

La ciudad de los 'aventis'

por RAQUEL QUÍLEZ

Una Barcelona mísera, de estraperlo, que fantasea con el republicano huido. Ésa en la que el cura asusta al niño, y ella se muere de tisis, y los críos inventan 'aventis' para no escuchar al estómago, que ruge de nuevo. Juan Marsé fue parte de esa ciudad de posguerra y después quiso convertirse en juez. Y le regaló novelas que hablan de los barracones del Carmelo, del descaro de barrio, de la joven que acaba ofreciéndose en un cuartito de moqueta y moho mientras en el Ritz los generales buscan adeptos.
Barcelona es un personaje literario más en la obra de Marsé. El marco omnipresente que arrastra miles de sueños. Aunque duren poco y el día cueste. Del Carmelo al Guinardó, de la cala a las verbenas. Habla de extrarradios llenos de personajes vencidos y otros que saben que sólo pueden perder: ancianos sin rumbo, viudas de guerra, niños que roban porque de algo hay que comer, prostíbulos infectos, cines de sesión doble y mala muerte...
La Barcelona que cuenta Marsé es la opuesta a la que vendía el Régimen. «El franquismo quería borrar esa imagen de ciudad laica, republicana y catalanista y convertirla al nacionalcatolicismo. Se afanó en ocultar la precariedad en que vivía la población y la reivindicó como escaparate internacional durante la Segunda Guerra Mundial, acogiendo a los nuevos amigos de la Italia y la Alemania fascista. Por ejemplo, todo se engalana para recibir como una gran autoridad a Heinrich Himmler, el jefe de la Gestapo, en 1940. Pero detrás de todo eso estaban los barrios arrasados por las bombas, los barracones, las colas del racionamiento...». Lo cuenta Mireia Capdevila, que lo ha estudiado a fondo para la exposición 'Barcelona en posguerra. Una crónica fotográfica', hasta septiembre en Barcelona (vea arriba algunas imágenes). Y esa ciudad, la real, es la que nos da Marsé.
Su propia vida es de novela. Nace en Barcelona en 1933 como Juan Faneca Roca, pero su madre muere en el parto y su padre, taxista, se queda al frente. Hasta que, en uno de sus trayectos, conoce a un matrimonio que no puede tener hijos, le adopta y le convierte en Juan Marsé i Carbó, un niño que se pasó la infancia callejeando por Gràcia, el Guinardó y el Carmelo. Les debía una novela.
'Si te dicen que caí' habla de aquello, 'Últimas tardes con Teresa' puso la Montaña Pelada en el mapa, y el Bar Delicias o la Iglesia de las Ánimas se hacen hueco entre páginas en las que la mugre y el miedo huelen, pero el ingenio divierte. 'El embrujo de Shangai' se centra en el final de la década de los 40, cuando los maquis aún llegaban desde el otro lado de la frontera a romper con la rutina. Guerrilleros como Pere Pi Cabanes, que, como Marsé, es otro testigo real de ese tiempo. En 1937, con 17 años, se marchó voluntario a la guerra, acabó en un campo de concentración y no pudo retomar su vida hasta ocho años después.
«Siempre estaba la leyenda de esas personas que no se sabía muy bien si se habían exiliado o habían muerto. Y se fantaseaba con que podían volver en cualquier momento. Además, pesaban los muertos de la guerra y los fusilados de la posguerra... Eran años tristes», cuenta, dando fe de que Marsé no exageraba. El propio Pi Cabanes fue uno de esos 'fantasmas': cuando terminó la guerra, sus amigos fueron a preguntar a su madre qué se sabía de él, y lo que se sabía es que estaba en un campo de concentración francés. Él mismo mantuvo la duda sobre muchos de sus compañeros. Ya lo ven, las novelas de Marsé son vida. O las vidas son novelas.
«Eran años de miseria. En el 54 nos quitaron la cartilla de racionamiento y todo se tenía que conseguir de estraperlo. Los sueldos eran muy bajos y había mucha picaresca. Cuando empezó la guerra, yo ganaba 60 pesetas al mes en un banco y cuando volví a trabajar allí en 1945, me dieron lo mismo». Él, que había ascendido a sargento en su brigada a los 18 años porque era el único que sabía escribir a máquina, prueba del analfabetismo de la época.
La Iglesia es otro de los ejes de esa Barcelona gris. Las beatillas, los secretos de sacristía... Todo lo aborda Marsé. «La autoridad religiosa siempre acompañaba a la civil. Se reconstruyeron iglesias y se celebraron bautizos y comuniones multitudinarias, como la de 7.000 niños en la Plaza de San Jaume en julio del 39, para transmitir la imagen de una Barcelona católica. Y se instaura el calendario festivo fascista, con el Día de los Caídos, la Fiesta de la Victoria...», cuenta Capdevila. Un entorno real para la ficción de Marsé.

Nota: Els resaltats en vermell, són d'en Pere Pi.

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