dimarts, 11 d’agost de 2015

1925-DEMASIADO TARDE

A BUENAS horas mangas verdes. Hace diez años que el sistema de la Transición empezó a dar los primeros síntomas de agotamiento. Los partidos políticos, siem­pre atentos al interés partidista por encima del interés nacional, ni se enteraron. Aho­ra, y como una cuestión de hecho, el 70% de las nuevas generaciones se muestra in­diferente ante el sistema; el 30% se agita in­dignado; casi el 100% está asqueado. Hay que construir una España en la que se inte­gre a la juventud y por eso resulta impres­cindible la reforma constitucional que si no se hace ordenadamente desde dentro del sistema, se hará revolucionariamente des­de fuera. La sagaz Cayetana Álvarez de To­ledo ha expuesto de forma razonada los riesgos de abrir la reforma constitucional. El problema es que tiene ya más riesgos no hacer esa reforma que hacerla.
Las elecciones del 20-N de 2011 ni las perdió Rubalcaba ni las ganó Rajoy. Las perdió Zapatero. Deslumbrado el presi­dente por la mayoría absoluta, no advirtió lo que algunos, encabezados por Grego­rio Marañón, le expusimos: que era nece­sario, en todo caso, alcanzar un nuevo pacto de Estado para enfrentarse con la situación de profunda incertidumbre y ge­neralizada inquietud.
Si dos años atrás se hubiera hecho la re­forma de la ley electoral sobre el principio lógico de la doble vuelta y no sobre el «que gobierne el que gane», hoy los dos grandes partidos no estarían sometidos al chantaje atroz de Podemos y Ciudadanos.
Hace un año, con el ejemplo admirable del Rey Juan Carlos, que abdicó la Corona para que un hombre de las nuevas genera­ciones rigiera los destinos de una España renovada, el presidente del Gobierno debió poner en marcha la reforma constitucional, atendiendo los deseos y las exigencias de la juventud. González, Aznar, Zapatero, Du­ran Lleida, Ardanza, Roca, tal vez Bono, quizá Solana y Zaplana, debieron formar parte del comité reformista junto a media docena de catedráticos de derecho consti­tucional encabezados por Jorge de Esteban.
Esa reforma estaría concluida ya, se pre­sentaría al Congreso de los Diputados y al Senado en sesiones extraordinarias duran­te el mes de septiembre y alcanzaría los dos tercios de ambas cámaras, como exige el artículo 168 de la Constitución. Conviene no olvidar que la ley de abdicación, que era la del refrendo democrático del nuevo Rey, fue votada por el 86% del Congreso y el 90% del Senado.
Aprobada la reforma constitucional, el artículo 168 exige la convocatoria de elec­ciones generales para que el nuevo Con­greso y el nuevo Senado voten la Constitu­ción por dos tercios y después referéndum nacional. El pueblo español, todos los es­pañoles, entre ellos los catalanes, ejerce­rían su derecho a decidir.
Para muchos analistas, ahora es dema­siado tarde y, de acuerdo con las encues­tas más solventes, no parece que tras las elecciones generales se produzca una situación política favorable para abordar con sosiego la reforma constitucional. Mariano Rajoy, en fin, aconsejado por el experto en profetizar el pasado, Pedro Arrióla, ha desperdiciado una ocasión única para reformar, primero, la ley elec­toral y, después, la Constitución, prolon­gando treinta años más la vida del siste­ma conforme a las exigencias de las nue­vas generaciones.

Luis María Anson, de la Real Academia Espa­ñola.

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