dilluns, 7 de setembre de 2015

1989-EL GRAN NARCISISTA

L0 de Artur Mas del otro día en el Parla- ment me pareció un selfie como los que cuelgan las adolescentes en Instagram. Me da la impresión de que este hombre se pasa el día mirándose al espejo para congratularse de haberse conocido a sí mismo.

Él no tiene nada que ver «personal­mente» con la corrupción de su partido ni conoce las actividades de su tesorero por­que se dedica a conducir a Cataluña a la tierra prometida, lo que le exime de cual­quier responsabilidad.

Mas se presentó como un estadista que lleva sobre sus espaldas la pesada carga de combatir al Estado español, convertido en el chivo expiatorio al que culpabilizar de todo lo malo que pasa en Cataluña.

El líder nacionalista recuerda cada día más a Narciso, condenado por la diosa Némesis a quedar fascinado por su pro­pia imagen al verse reflejado en el estan­que. Igual le sucede al nacionalismo cata­lán, que se autocontempla como un de­chado de perfecciones frente a una España contrahecha.

He leído hace unos días un artículo que identificaba al nacionalismo con la reli­gión, dada la extracción social de muchos de sus dirigentes. Yo que creo que Artur Mas y sus seguidores son más bien idóla­tras de una especie de narcisismo colec­tivo por el que se sienten muy superiores a los demás por su identidad catalana.

Füe Sigmund Freud uno de los prime­ros en escribir sobre el narcisismo, que él veía como una fase infantil de la sexuali­dad en la que el individuo fija la atención en sí mismo. Se trata de una etapa de transición previa al interés por el otro.

Artur Mas y los nacionalistas no han evolucionado y se han estancado en ese enamoramiento permanente de sí mis­mos, que subliman en el Barga, la butifa­rra y la barretina, que consideran expre­siones de una cultura superior.
Erich Fromm escribió que el narcisis­mo ha provocado muchas de las grandes catátrofes sufridas por Europa en el siglo XX, entre ellas, la I Guerra Mundial. Y ello porque el enaltecimiento excesivo de lo propio conduce siempre a la denigra­ción de los demás.

El narcisista sólo escucha lo que le complace y repudia todo lo que le cues­tiona. Tiende a ignorar lo que sucede a su alrededor porque se considera el centro del mundo. Y piensa que él es infalible y que quienes le critican lo hacen por envi­dia o estulticia.

Si Angela Merkel y David Cameron di­cen que Cataluña quedará fuera de la UE si proclama unilateralmente su indepen­dencia, Mas responde que no tienen ni idea porque él está seguro de que no será así.

Casi todas sus intervenciones públicas apelan a un carisma personal que provie­ne de la noble causa que representa, mientras que las acciones de los demás están dictadas por el resentimiento. Mas no tiene que responder ante nadie y se halla por encima de la ley porque él en­carna la voluntad de la nación catalana, ese Volkgeist que lo legitima todo.

La lógica del narcisismo conduce al es­pectáculo, a la exaltación de la autogran- deza. Esto se percibe en todos y cada uno de los gestos de Artur Mas, inmortaliza­dos por la televisión a su servicio. Cabe re­cordar la firma de la convocatoria de la consulta ilegal que evocaba la solemni­dad de los reyes de Francia en el Salón de los Espejos de Versailles.
De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso que el caudillo nacionalista ha cruzado hace tiempo. Tanta pompa y tanta fatuidad vuelven poco creíbles sus propósi­tos porque las grandes hazañas no las lle­van a cabo quienes nunca se han mancha­do sus zapatos con una mota de barro.


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