diumenge, 6 de març de 2016

2528-NI PIEDAD NI VERDAD

Todo no vale. ¿Qué memoria reabre Arnaldo Otegi con su arrogancia y su falta de verdad en quienes fueron destrozados por tener unas ideas distintas a las suyas?
Despierta la memoria de las amenazas de muerte, de las cartas anónimas, del casquillo en el sobre. Vuelven a atronar los gritos de odio pidiendo nuestra muerte, jaleados por sus jefes políticos. Retornan los velatorios de los amigos asesinados. Regresa el eco de ca­da verano sin un padre reflejado en los ojos tristes de sus huérfanos. De los coches que­mados de los hijos de los concejales no nacio­nalistas, de las casas quemadas, de nuestros hijos asustados cuando salíamos de casa por­que no sabían si nos volverían a ver con vida.
Si Arnaldo Otegi hubiera reflexionado so­bre todo el mal que causó -promovió o permi­tió- habría aprovechado su primer minuto fuera de la cárcel para condenar la historia de la organización que ha coaccionado durante décadas a la sociedad vasca.
Un hecho. Hace un año los colegas políticos de Otegi negaron que cumplieran órdenes de ETA al reconstruir la cúpula de la formación ¡legalizada entre 2005 y 2009. Pues bien, hace un mes reconocieron ante la Fiscalía haber ac­tuado de forma subordinada a ETA. La subor­dinación de las diferentes siglas políticas del entorno de ETA a ETA ha sido probada en di­versas ocasiones, pero hace un mes lo confe­saron. Otegi fue condenado con pruebas, por su relación con la organización terrorista.
Otegi y gente como él controlaron a las bue­nas y a las malas una parte de los pueblos de la Comunidad Autónoma Vasca y de la Comu­nidad Foral de Navarra durante décadas. Su mundo utilizó la violencia para el control so­cial, por su juego político de poder. Expulsaron, extorsionaron, atemorizaron y asesina­ron. Generaron una cultura del odio hacia los no nacionalistas. Y las víctimas de la estrate­gia de coacción totalitaria fueron estigmatiza­das durante décadas, lo cual resulta de una crueldad insoportable.
Muchos deseamos cerrar heridas, comple­tar duelos, pero resulta imposible sobre el ci­nismo de los responsables de tanta atrocidad.
Es bueno que los políticos que se valían de la estrategia de coacción y asesinatos decidie­ran dejar de utilizarla, pero establecer una es­trategia política para sacar rédito de dejar de matar resulta poco decente, porque una vez más, sus intereses se plantean por encima de los seres humanos que han golpeado y las fa­milias que han destrozado. 1/) decente habría sido condenar hoy y retirarse de la política.
No es aceptable la política a cualquier pre­cio porque la comprensión moral de la misma como proceso, más que como resultado, es la clave de la concordancia entre ética y política. Si esto no se da, si aceptamos por banalidad, por interés, por ignorancia que el fin justifica los medios... los hileros, los embaucadores, los corruptos, los demagogos artistas en la propa­ganda tendrán barra libre para degradar un espacio político siempre erosionable.
Otro hecho. Mucha gente de buena volun­tad indica a las víctimas del terrorismo que de­ben olvidar, que deben pasar página, que sus seres queridos no van a regresar. Esas mismas personas de buena voluntad deberían indicar a los responsables políticos de tanto espanto que dejen paso a otros que no estén mancha­dos en una estrategia llena de atrocidad. Que se jubilen después de afrontar su responsabi­lidad política y de condenar el pasado porque no hay una forma de corrupción más grave que la de haber jugado al juego del crimen pa­ra conseguir resultados políticos.
Ya arrastramos dosis de impunidad muy elevadas. Si le añadimos la idealización de personajes sin escrúpulos como Otegi no tar­dará mucho en aparecer una nueva perver­sión en forma de chantaje moral a las vícti­mas. Una fórmula del tipo «reconciliate  como te diga Otegi o te estigmatizaremos».

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