dissabte, 26 de març de 2016

2580-PAÍS DE INSENSATOS

DECÍA Lampedusa que es necesario que todo cambie para que todo siga igual. La frase describe literalmente lo que está sucediendo en nuestro país: que las mutaciones vertiginosas de los últimos meses ocultan la absoluta inmo­vilidad de la política.
Los nacionalistas catalanes mantie­nen su desafío al Estado, los episodios de corrupción son ya una sección fija de los periódicos, las querellas entre los partidos nos suenan a repetitiva letanía y todo tiene una sensación de deja vu que nos produce un hastío infatigable.
La crisis ha arrasado la sensación de seguridad que había en los años de eu­foria económica, pero la realidad es que ni el capitalismo se ha reformado ni los responsables de la debacle han sido cas­tigados. Al contrario, muchos se han ido a casa con suculentas compensaciones.
Mientras los recortes empobrecen a la población, tenemos una clase dirigen­te que jamás paga por sus errores y que se perpetúa en el poder gracias al siste­ma de puertas giratorias por el que se transita de la Administración a la em­presa o de un consejo a otro. Los nuevos reproducen la conducta de los viejos y muestran el mismo cinismo cuando se detectan asuntos de corrupción o de fi­nanciación ilegal.
Nuestra democracia carece de meca­nismos efectivos de exigencia de res­ponsabilidades y, por añadidura, el sis­tema judicial es lento y garantista, lo que favorece la impunidad de las fecho­rías. Ahí quedan los casos de los ERE, de Pujol o de Gürtel.
Hay muchos políticos y periodistas que hablan de la necesidad de reformar la Constitución, pero estoy convencido de que ello no serviría para acabar con esas prácticas que están socavando la confianza de los ciudadanos en las instituciones y destruyendo nuestra de­mocracia.
No es una cuestión de cambios supe- restructurales, sino de la mentalidad de los políticos y de los propios ciudada­nos, que no creen en las leyes y buscan atajos para sobrevivir en una sociedad donde los malos ejemplos desalientan las conductas honradas.
Si en los años posteriores a la Transi­ción, España se convirtió en un modelo de éxito, ahora es justo lo contrario: un fracaso estrepitoso de las instituciones y de unos partidos que son incapaces no ya de llegar a acuerdos sino tan siquie­ra de sentarse en una mesa para inten­tarlo. Da la impresión de que el cainismo que ha marcado nuestra Historia ha reaparecido para bloquear la búsqueda de una salida.
Han pasado casi 100 días desde la ce­lebración de las elecciones y no se vis­lumbra la posibilidad de ningún acuer­do que permita la gobernabilidad del país. Y todo apunta a que vamos a ser convocados de nuevo a las urnas con unos resultados que serán parecidos.
España ha entrado en una espiral de autodestrucción, que no sólo está gene- rada por la falta de talla de la clase polí­tica sino también por el entontecimiento de una sociedad, fascinada por un espec­táculo televisivo que lo banaliza todo. Y ni siquiera hay intelectuales con autori­dad moral para alzar la voz o gentes con capacidad para discernir el bien y el mal.
Perdone el lector por el pesimismo, pero tengo la sensación de que este bar­co se va hundiendo, mientras sus pasa­jeros siguen bailando en la cubierta. La música de la orquesta nos impide escu­char los truenos de la tormenta que se acerca, que puede ser peor que la que nos azotó a partir de 2008. Somos un país de insensatos.


PEDRO G. CUARTANGO

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