dissabte, 31 d’octubre de 2015

2154-EL SENADO PARARÍA EL GOLPE

Pedro Sánchez almorzó ayer en La Moncloa con Mariano Rajoy y Albert Rivera, parece que hizo lo mismo con el Ibex (que está al 100% con él). Susana Díaz exigía desde Sevilla la unión de los partidos democráticos para desactivar «el golpe de Estado». De fuentes cerca­nas a Ciudadanos surgió el rumor de que el candidato pa­ra sustituir a Artur Mas sería Junqueras, pero posterior­mente salieron los nombres de Romeva, Muriel Casals, Carme Forcadell, Germá Gordo y, por fin, saltó el nombre de la favorita: ¡Neus Munté!
Hay navajazos entre los insurgentes, especulaciones, reu­niones, mensajes cifrados, mientras el laberinto se hace cada vez más oscuro y sus pasillos más enredados. No se ve a un Teseo que siga el hilo del ovillo de Ariadna para acabar con el disparate catalán, ese extravio del inconsciente, el último fogonazo del odio y del esperpento ibérico, que se va agran­dando con el paso de las horas. El Gobierno no puede actuar por un laberinto oral; cualquier borracho puede decir «¡Viva la República!» y por eso no lo van a meter en la cárcel.
El plan del Ejecutivo se pondrá en marcha si, además de decir, hacen. Entonces recurrirán al Tribunal Constitucional y si los secesionistas insistieran en su actitud delictiva, actua­ría el Senado, que aplicaría algunos mandatos del artículo 155 de la Constitución. «Por fin, el Senado va servir para algo», le dice un político a otro. «Sí -contesta el otro-, a lo mejor para darle la mayoría absoluta a Mariano Rajoy». El 155 dice que si las instituciones de una comunidad incumplen las obliga­ciones que la Constitución impone o actúan de forma que se atente contra el interés de España, el Gobierno, con la apro­bación del Senado, adoptará las medidas necesarias para obligar a que se cumpla la ley, dando órdenes a las autorida­des de la comunidad autónoma.
La mayoría de los políticos de allí y de aquí esperan que ce­se la escalada de la tensión y que a prime­ros de año se llegue a un acuerdo con los secesionistas. Hay que apagar la candela. En otro tiempo hubo tensiones entre virre­yes y la Generalitat, las Cortes Catalanas fueron ignoradas por los monarcas.
Hoy ya no es Castilla aquel pueblo es­tepario que aterrorizaba a los catalanes. Almirall dijo que el castellano necesita tener ídolos a cuyos pies quemar incienso. «Por eso -escribe - Madrid es la ciudad santa, la Meca de la gente castellana que ordena sin más razón que porque sí». Pe­ro, ¿qué tiene que ver esta Castilla y la actual Cataluña -pobla­da mayoritariamente por descendientes de obreros emigran­tes- con aquella Cataluña acosada por el absolutismo? Ésta es otra Monarquía, otra población, otro momento.
Los que han desafiado al Estado democrático no se han comportado como verdaderos insurgentes, sino como robaperas (personas de poca calidad). Ahora caen en la cuenta de que por las buenas no se logra una independencia. Josep Rull lo ha reconocido a Carlos Alsina: «Conseguir la independencia no cabe en la Constitución».

RAUL DEL POZO

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