dimarts, 1 de desembre de 2015

2254-RAJOY, MAS I JUNQUERAS

NO RESULTA fácil navegar contracorrien­te. Perdería yo, sin embargo, el sentido de la objetividad si negara que Mariano Rajoy lo está haciendo bien en las últimas se­manas, lo mismo ante la amenaza del te­rrorismo yihadista que ante el órdago del secesionismo catalán, lanzado sobre el caspódromo de España por Oriol Junque­ras y su marioneta Arturo Mas.

He afirmado reiteradas veces que la gran política consiste en prevenir, no en curar. Y que la cachaza de Mariano Rajoy, su lenidad, su insolente indolencia, han contribuido de forma decisiva, tras el dis­parate de las ocurrencias de Zapatero, a que en Cataluña ocurra lo que está ocu­rriendo. La sandez de Pedro Arrióla -«no hay que hacer nada porque el tiempo lo arregla todo y lo mejor es tener cerrado el pico»- ha engendrado los lodos actuales que están convirtiendo la política catalana en un albañal.

Mariano Rajoy ha reaccionado, por fin, ante el asedio de las escombreras. Lo ha hecho tarde, sin duda, pero bien. El espíri­tu de la Transición consistió en el pacto de Estado entre el centro derecha y el centro izquierda -más del 80% del voto popular- para hacer frente a los problemas del te­rrorismo, la territorialidad, la gran política internacional, el cumplimiento de la Cons­titución... Todos los presidentes asumie­ron ese pacto, de manera sobresaliente Fe­lipe González que se alzó en 1982 con 202 diputados. Pudo fracturar el régimen pero actuó como un hombre de Estado, el me­jor, por cierto, del siglo XX, como Cánovas del Castillo lo fue del siglo XIX.

Solo José Luis Rodríguez Zapatero se dedicó a achatarrar el espíritu de la Tran­sición y envió al Partido Popular al zaqui­zamí de la Historia, dando alas a los secto­res nacionalistas que querían la quiebra de España. Mariano Rajoy, por el contrario, se ha puesto de acuerdo con Pedro Sán­chez para, conforme al espíritu de la Transición, hacer frente al desafío secesionista catalán, sumando además al oscilante cen­tro de Albert Rivera, el político que ha en­cendido en el alma envejecida de la Tran­sición las llamas de la juventud. Y ya vere­mos qué pasa porque las espadas están en alto, a la espera de las pompas fúnebres de Arturo Mas, que es un cadáver político pe­ro todavía de cuerpo presente. También ha hecho lo que debía Maria­no Rajoy ante la amenaza del yihadismo terrorista. Hasta ahora ha conseguido apartarlo de la campaña electoral, ha ac­tuado con prudencia frente a las naturales exigencias de Francia y ha sabido convo­car al primer partido de la oposición y también a otras agrupaciones para crear una plataforma común. Así lo aconsejaba la actual situación porque España es Al- Andalus norte, territorio a reconquistar por el fundamentalismo islámico. Nuestra situación resulta especialmente vulnera­ble.

Que la actividad de Mariano Rajoy en las últimas semanas pueda suponerle la recuperación de una parte de los votos perdidos en cuatro años de certera gestión económica e inane política frente a los otros desafíos nacionales, eso es un hecho. Algunos sectores no desdeñables de vo­tantes del PP prefieren la unidad de Espa­ña al bienestar económico. Y por ese cami­no ha comenzado a transitar Mariano Ra­joy, todavía con aspavientos de galápago y no sé si demasiado tarde.


Luis María Anson.

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