divendres, 1 de gener de 2016

2354-FIN DE RÉGIMEN

EL 70% de la juventud permanece indife­rente ante el sistema; el 30% está indig­nada; casi el 100%, asqueada. Tras cua­tro décadas, el régimen, que no ha sabi­do hacer las imprescindibles reformas internas, se desmorona lentamente. Des­de hace cinco o seis años estaba claro que se produciría el fin de un sistema agotado. Eso es lo que estamos viviendo ahora. Las nuevas generaciones han mordido la yugular de la vida política y la situación se descompone ante los ojos de los españoles.

Mariano Rajoy pudo abordar la refor­ma constitucional ordenadamente desde dentro, primero porque era imprescindi­ble, después, para evitar que se plantee revolucionariamente desde fuera. No qui­so hacer nada. Acogió la propuesta desde el desdén de su mayoría absoluta que pa­ra tan poco le ha servido. La ley de abdi­cación, que era la de la proclamación de un nuevo Rey, se aprobó por el 86% del Congreso y el 90% del Senado, gracias a la generosidad de Juan Carlos I, al buen sentido del PP y a la política de Estado de Rubalcaba. Funcionó, quizá por última vez, el espíritu de la Transición, el pacto de Estado de 1978 entre el centro dere­cha y el centro izquierda para las grandes cuestiones nacionales. Conforme al artí­culo 168 de la Constitución, su reforma exige los dos tercios de ambas Cámaras, elecciones generales, otra vez los dos ter­cios de Congreso y Senado y a continua­ción referéndum nacional. Como antici­pó Felipe González, un Gobierno de coa­lición de un par de años habría garantiza­do también en el segundo envite los dos tercios de las Cámaras y la organización seria del referéndum en el que todos los españoles, y entre ellos los catalanes, hu­bieran ejercido su derecho a decidir. El sistema reformado conforme a las aspira­ciones de las nuevas generaciones tendría larga  vida por delante. Mariano Ra­joy dijo que no y hay que ver la situación en la que se encuentra ahora. Mucho más importante que la solución a la crisis eco­nómica, en cuya gestión el líder del PP ha estado sobresaliente, era aceptar el ago­tamiento del régimen y la imprescindible reforma constitucional.

«¿Pero, qué reforma es la que quieren?», se excusaba Rajoy para no hacer nada. Está y estaba claro, sin embargo, que es necesario, aparte la pequeña cuestión de la sucesión no discriminatoria en la Co­rona, abordar el Título VIII, cerrar el sis­tema de transferencias, fijar límites al dé­ficit y a la fiscalidad y recuperar para el Estado la Educación. Fue un disparate, perpetrado en tiempos de Adolfo Suárez, transferir una cuestión que ha conduci­do a 17 formas distintas de estudiar la historia de España, con grave agresión a la unidad nacional. La reforma constitu­cional debe abordar también la situación de Cataluña, buscando soluciones flexi­bles dentro del respeto absoluto a la so­beranía del conjunto del pueblo español. También hay que modificar la ley electo­ral, así como otra serie de cuestiones de diverso calado.

Pero no vale la pena llorar sobre la le­che derramada. De lo que se trata ahora es de afrontar lo que no se ha hecho y de­bió hacerse y procurar que el futuro de España no nos devuelva a la tentación cainita que ha zarandeado los dos últi­mos siglos de la vida española.

Luis María Anson

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