dijous, 14 de gener de 2016

2390-GOLPE DE ESTADO A LA VISTA

EL GOLPE de Estado se ha puesto en mar­cha en Cataluña. Dejémonos de eufemis­mos y llamemos a las cosas por su nombre. La Constitución, en su artículo 168, estable­ce la vía por la que el secesionismo catalán tendría que transitar: dos tercios de votos favorables en el Congreso, dos tercios en el Senado, elecciones generales inmediatas, dos tercios de los nuevos Congreso y Sena­do y referéndum nacional para que los es­pañoles, y entre ellos los catalanes, ejerzan su derecho a decidir. Todo lo que sea apar­tarse del articulo 168 se mueve en las fron­teras de la sedición y el golpe de Estado. Ahí es donde estamos. Mejor sería no tener que aplicar el artículo 155 de la Constitu­ción, y mucho menos el 8, para resolver el ordago secesionista catalán. Eso es lo que hizo la II República en 1934, con un presi­dente del Gobierno de la izquierda radical, pero sería aconsejable que no tuviera que hacerlo la Monarquía parlamentaria. Se pueden abrir vías nuevas para el diálogo, la concordia y la conciliación. Los disparates de Zapatero dieron alas a los secesionistas. La lenidad de Rajoy les ha permitido llegar adonde ahora están. La gran política con­siste en prevenir no en curar. No se ha pre­visto lo que podía ocurrir y ahora hay que sanar una grave enfermedad. Conviene no olvidar, por añadidura, el riesgo de infec­ción puesto que, tras una hipotética inde­pendencia de Cataluña, vendrían en casca­da las del País Vasco, Galicia, Canarias...
Sería aconsejable enfrentar a los aspa­vientos del señor Puigdemont, a Carles Masdelomismo, un Gobierno estable y sóli­do. No parece probable, sin embargo, que los partidos políticos, atentos siempre al in­terés partidista antes que al interés general, hagan lo que deben hacer. La especulación se ha adueñado de los periódicos impresos, hablados, audiovisuales y digitales. Se ai­rean docenas de fórmulas. Mariano Rajoy dispone de 123 diputados a favor y 227 en contra. Es un hábil negociador y no se pue­de descartar que su fórmula tripartita, aunque con escasas probabilidades, pueda sa­lir adelante. Sánchez está jugando a dos bandas. La que más le gustaría es el Frente Popular ampliado pero sabe que no resul­tará fácil regatear el obstáculo del referén­dum catalán que exige Podemos y recha­zan los barones socialistas. Por eso maneja un plan B: alcanzar una mayoría simple de 130 escaños con Ciudadanos (y tal vez al­gunos más de vascos y canarios) y derrotar a los 123 diputados del PP¡ contando con la abstención de los 97 restantes. Por lo pron­to ha conseguido instalar a Patxi López en la presidencia del Congreso, gracias a la ha­bilidad de Albert Rivera. Podemos tendría entonces la llave de la investidura. Si se abstiene, abriría los portones del palacio de la Moncloa a Pedro Sánchez; si vota en contra, no quedaría otro remedio, salvo una pirueta del PP que convocar nuevas eleccio­nes generales con el correspondiente des­pilfarro económico de la campaña electoral pagada por los impuestos con que la fiscoguillotina de Cristóbal Montoro sangra a los ciudadanos hasta la hemorragia. Convertido en àrbitro momentáneo de la situación, Pablo Iglesias se pensaría dos veces qué le conviene más, si el pájaro en mano actual o los ciento volando sobre las nuevas urnas. El líder de Podemos está muy crecido. La tarde de la reciente tormenta sobre Madrid, al ver un relámpago, creyó que Dios había bajado del cielo para hacerle una fotogra­fía. Con flash.

Luis María Anson

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