dimecres, 13 de gener de 2016

2385-¿Y JORDI PUJOL?

Otros echarían en falta un retrato del Rey. O alguna referencia a la Constitución. A mí me inquietó la ausencia de Jordi Pu­jol. ¿Ya lo han borrado de la historia? ¿Ya no fue presidente de la Generalitat duran­te 23 años? ¿Ya no es como un padre pa­ra Artur Mas y para Carles Puigdemont? ¿Ya no es el fundador del partido en el que militan ambos? Parece que no. Ni a TV3, como era de esperar, se le escapó una mención al hombre que montó todo esto. En una nación que apela a la legiti­midad histórica la facilidad con que el poder reescribe la historia resulta fasci­nante. Y aún resulta más fascinante la na­turalidad con que se asume la reescritura. Jordi Pujol ya no está en la foto. Nunca estuvo. Fue un invento de Madrit.

El retrato del Rey desapareció en la an­terior ceremonia, la que sirvió para inves­tir a Artur Mas por segunda vez, en 2012; en su lugar se colocó una cortina negra. Esta vez le tocó el turno a la Constitución. Lo de prometer «fidelidad al pueblo de Ca­taluña representado por el Parlamento» le pareció al nuevo presidente, Carles Puig­demont, «un círculo virtuoso de legitimi­dad indiscutible». Evitemos referencias groseras a Adolf Hitler y a su «dependen­cia directa» de los designios del volk, el pueblo; omitamos inoportunas evocacio­nes a Pol Pot, que exterminó a una cuarta parte de la población camboyana (inclu­yendo a quienes usaban gafas) con la per­tinente aprobación parlamentaria. Diga­mos tan sólo que sin un marco legal prees­tablecido, un Parlamento es capaz de hacer cosas muy bestias. También es ca­paz de no hacerlas. Tengamos confianza. Aunque el nuevo presidente proclamara en su discurso que Cataluña está «humilla­da financieramente» por lo que considera otro país, España: lo de invocar presuntas humillaciones nacionales jamás ha traído nada bueno. Pero tengamos confianza.

Hubo mucha gente dentro y poca en la plaza. Nunca había habido, en una toma de posesión, tan poca gente fuera. Quizá por el rigor de la temperatura, que apenas rebasaba los 10 grados, un nivel inacepta­ble para los estándares barceloneses. Qui­zá porque los escasos presentes se basta­ban y se sobraban para ejercer la necesa­ria función de tricoteuses: increparon a los malos catalanes (populares, ciudadanos, socialistas, etcétera) y a las fuerzas de ocupación (los militares presentes en la ceremonia) y confirieron el necesario ar­dor popular al arranque de un mandato en principio corto, de año y medio como máximo. Luego ya se verá.

Pese a los indicios inquietantes, como el «círculo virtuoso de legitimidad indis­cutible», la atmósfera no fue ominosa. Incluso al contrario. El público que acu­de a los actos políticos del procés se pa­rece un poco al público de los concursos televisivos. En la plaza de Sant Jaume dominaban los de Amer, el pueblo gerundense de Puigdemont, provistos de alegres pancartas. También había un se­ñor con una bandera española atada a una caña de pescar telescópica. Tolerancia. Buen rollo. «Círculo virtuoso».


ENRIC  GONZÁLEZ

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