dijous, 23 de juliol de 2015

1877-La España asqueada

El españolito que paga impuestos casi confiscatorios se levanta un día con el escán­dalo Gürtel. A la semana siguiente le des­pierta el estruendo andaluz de los Eres. Un mes después se solivianta con el caso Bárcenas. En la jornada posterior se queda es­tupefacto ante el latrocinio de los cursos de formación. Después le azota el asunto Palau, la escandalera de la familia Pujol, los dineros que cobran del chavismo o de Irán algunos dirigentes de Podemos.
No se salva casi nadie, ni el Partido Po­pular ni el PSOE ni Convergéncia ni Comi­siones Obreras ni UGT. La voracidad de nuestra encanecida clase política y de la casta sindical carece de límites y arranca a mordiscos los más suculentos pedazos de la tarta nacional. Cuando aparecen nuevos partidos, la sabiduría popular los define sin vacilar, como en la pancarta exhibida en Sevilla: «Ciudadanos y Podemos, bonitos motes, nuevos grupos que intentan chupar del bote».
La ciudadanía está de acuerdo en pagar impuestos justos. No está de acuerdo con el abuso fiscal que obliga, cada año, a dedi­car los seis primeros meses de trabajo a en­gordar las alcancías de Hacienda. Al mar­gen del renglón de las corruptelas, una parte sustancial de la recaudación se dedi­ca a sufragar el despilfarro de los partidos políticos y las centrales sindicales que gas­tan como nuevos ricos. Con el dinero pú­blico, a casi todos se les hace el culo cham­pán domperignon. En 1977, los españoles pagaban 700.000 funcionarios. En el año 2011 esa cifra se había elevado a 3.200.000. Un parte sustancial de los empleados pú­blicos en las cuatro Administraciones -la estatal, la autonómica, la provincial, la municipal- están elegidos a dedo por los partidos políticos y los sindicatos que se han convertido en agencias de colocación para enchufar a parientes, amiguetes y paniaguados. Hasta el Tribunal de Cuen­tas, al que corresponde fiscalizar los gastos, se ha convertido en la apoteosis del nepotismo.
Y no, no se trata de destruir los partidos políticos y los sindicatos. Se trata de rege­nerarlos y democratizarlos, para desterrar definitivamente la vergüenza de la corrup­ción y el escándalo del despilfarro econó­mico. España está asqueada, profunda­mente asqueada. A los españoles les pro­duce un asco indeclinable la sociedad tábida en la que viven.
Conviene no perder el sentido de la rea­lidad si queremos mantener una nación próspera y estable. Los sindicatos son im­prescindibles en una sociedad democráti­ca. Hay que reconducirlos, no despedazar­los. Lo mismo ocurre con los partidos políticos, instrumentos claves en una de­mocracia pluralista plena. Está claro que es indispensable cercenar de raíz su voraci­dad económica, su tendencia incontinente al derroche, su insufrible altanería, su so­berbia y arrogancia. Un político en cande­lera, de cuyo nombre no quiero acordarme, cuando ve un relámpago cree que Dios le está haciendo una fotografía. Conviene no olvidar que durante la primera mitad del si­glo pasado, la reacción frente a los abusos de los partidos condujo al fascismo en Ita­lia, al comunismo en Rusia, al nazismo en Alemania, al franquismo en España, al salazarismo en Portugal... Los partidos polí­ticos requieren una profunda regenera­ción. Son, en todo caso, imprescindibles para articular la democracia y la libertad.


Luis María Anson, de la Real Academia Espa­ñola.

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