dimarts, 10 de novembre de 2015

2184-NO PODEMOS PERDER NI SIQUIERA UN POCO

Inés Arrimadas fue ayer la di­putada constitucionalista que hizo el mejor discurso en esa sesión del Parlamento catalán en la que se consumó la inten­ción de la mitad de la Cámara de imponer a todos los catala­nes un proceso de secesión pa­ra el que, lo cuenten como lo cuenten, no tiene el respaldo de ni siquiera la mitad de los cata­lanes que acudieron a votar el 27 de septiembre. Arrimadas lo explicó con claridad meridiana: «No tienen la mayoría para mo­dificar el Estatuto [se requieren para eso dos tercios de los vo­tos] y pretenden declarar la in­dependencia». Otra cosa habría sido si en las elecciones la pro­puesta de los Juntos hubiera conseguido un respaldo electo­ral del 65%. Entonces sí nos ha­bríamos encontrado con el dile­ma serio de tener que conjugar el respeto a la ley y su cumpli­miento con el respeto a la vo­luntad popular expresada con tanta contundencia.
Pero es que no ha sido así. Por lo tanto, el Gobierno no tiene que ocu­parse más que de tomar las medidas que logren frenar un disparate que cabalga sobre la mentira, la fantasía y la manipulación. Un ejemplo de esto último fue el discurso del presidente de la Generalitat, que se enfangó en promesas impropias de una in­tervención de esta naturaleza y se puso a hacer promesas ab­surdas con el único propósito de engatusar a los de la CUP y ablandar su negativa cerrada a votar su investidura.
Para la magnitud del desafío es indiferente que éste esté lide- rado por Mas o por cualquier otro. Romeva o Munté no redu­cirían un ápice la gravedad de lo planteado ni la necesidad de que desde el Gobierno se reaccione con prontitud y con eficacia. . Por eso llama la atención que Artur Mas, una vez consta­tada la negativa de los antisis­tema a investirlo presidente, no haya declinado su aspiración y dejado el sitio a otro candidato más aceptable para la extremí­sima izquierda.
La explicación se muestra con descaro: lo que pasa es que Mas no puede renunciar a ser presidente porque sólo siendo objeto de una decisión judicial que le sancione por insurrecto podrá intentar tapar el escán­dalo de una condena judicial por corrupto. Y lo mismo que él, su partido y su antecesor con toda la famiglia detrás.
El espectáculo de la inmensa corrupción en qúe se han rebo­zado los dirigentes nacionalistas, que Inés Arrimadas puso en el primer plano de los sucesos a los que estamos asistiendo, pone el adecuado telón de fondo a la se­sión de ayer del parlamento cata­lán. Mas necesita seguir sacando la cabeza fuera del agua como sea pero el agua ya le llega a la barbilla. Y ayer se le vio chapo­teando al tiempo y suplicando el socorro de aquellos a los que no hubiera dirigido ni una triste mi­rada hace no tanto tiempo, pero que pueden ser su salva­ción. Estamos ante una ope­ración deses­perada de su­pervivencia.
Pero tam­bién estamos ante una ame­naza evidente para la continui­dad de la nación española como el espacio que ampara a unos ciudadanos libres e iguales. Y aquí entra la incógnita suprema de qué va a ir haciendo el Go­bierno en respuesta a un duelo que no ha hecho más que empe­zar. El Estado no puede salir de­rrotado, ni siquiera herido, de es­te lance. No puede porque, de ser así, se hundiría y España desapa­recería entonces como la nación que lleva cinco siglos existiendo y que desde hace 40 años ha ido alcanzando uno de los momen­tos más provechosos de su Histo­ria. Por eso la tarea del Gobierno es delicadísima. Y no sabemos cómo la va a abordar, con qué posibilidades de éxito y con qué costes para todos los españoles. Contengamos el aliento porque esta es una batalla que no pode­mos de ninguna manera perder. Ni siquiera un poco.
VICTORIA PREGO

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