dimarts, 17 de novembre de 2015

2207-ALBERT RIVERA Y DOÑA INÉS

Me cuentan en Andalucía que los de Ciudadanos han resultado ser unos socios de­masiado fiables y condescendientes con la corrupción bética y creen que los votantes les van a castigar en las generales. Pero en toda España, Albert Rivera -sensato, pico de oro, liberal-centrista, patriota, antinacio­nalista- es ya uno de los tres líderes que después del 20-D pue­den decidir cómo será la Segunda Transición, aunque no está clara su postura ante la posible reforma de la Constitución.

Albert ha declarado que hay que cambiarla para hacerla más fuerte, pero el discurso del Rey del otro día le ha deja­do a él y a varios políticos fuera de juego. Dijo Felipe VI que «la Constitución prevalecerá, que nadie lo dude». Albert Ri­vera, que había acusado al PSOE de hacer política de salón con su reforma constitucional, guarda ahora un ruidoso si­lencio sobre el asunto. En los otros partidos leen con cuida­do las enigmáticas palabras del Rey.

Ciudadanos ya es un partido nacional que pide sentarse en la mesa de las grandes decisiones. Se ha convertido en la ten­dencia otoño-invierno, aunque le crecen los enemigos.

Los del PP les temen porque saben que su disidencia interna -sus esnobs, sus desencantados, sus enfurecidos-van a apoyar al partido de Iglesias. Algunos intelectuales orgánicos de Pode­mos -economistas, teóricos- les acusan de ser las Nuevas Ge­neraciones de la vieja derecha, un proyecto de la gran patro­nal y del Ibex para llenar el hueco que deja el PP

Fuentes cercanas al Gobierno filtran que la gente guapa, de casting, líderes con coach personal, aspira a ser la gesto­ría que Convergencia mantuvo tantos años en el Congreso de Diputados. Los del PSOE los empujan a la derecha, pero sin mucho ímpetu porque los pueden necesitar para un tri­partito. Parece que el partido de moda tiene problemas con muchos rebotados de otros partidos que se les han colado.

Si, como dicen sus adversarios, Ciudadanos es una burbu ja, de esa burbuja no ha salido una bruja, sino una bandera constitucional con arbo­ladura de novicia, una fiera fina, implaca­ble, a pesar de su cara de mártir, de virgen cristiana. Ha sido la médium de España en el Parlamento de Cataluña, donde aca­bó desollando a Mas: «Señor Mas. No arrastre a a 7,5 millones de catalanes a su locura».

Según Goethe, la memoria llega justamente hasta donde lle­ga nuestro interés. Quizás por eso, Inés Arrimadas se apren­dió de memoria el himno del Barcelona. Lo tenía claro desde el principio: llegar a gobernar Cataluña. Una jerezana de tro­nío, por el aire de su cabello y su planta de viña y caballo -«Hoy siento entre los labios los sarmientos al pronunciar Jerez», can­tó Angel Ganda López- que representa ya el futuro de Catalu­ña. Sus padres son de Salamanca y ella vivió en el barrio de Tetuán de Barcelona. Se siente salmantina, jerezana y catalana y, como es de todas partes, no puede entender el nacionalismo. No tiene ningún acento. Se siente catalana porque así lo deci­dió. Quiso ser arqueóloga. Asistió a clases de teatro. Podría ha­cer de Doña Inés, ahora, en el mes de Don Juan.


RAUL DEL POZO

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