dimecres, 10 de febrer de 2016

2462-PENSANDO EN JOSEP PLA

EL NOMBRE del que acaso haya sido uno de los mejores escritores catalanes de todos los tiempos, si no el mejor, reconocido innovador de la lengua catalana y agudo comentarista de los acontecimientos de su época, todavía con­tinúa siendo pronunciado con sordina en al­gunos círculos de marcada afectación cultural y escasa sensibilidad literaria. Ya se habrá adi­vinado que estoy refiriéndome a Josep Pla, a quien la miopía intelectual de muchos trató persistentemente de ningunear -siempre en vano- y el fanatismo pretendidamente nacio­nalista (curioso nacionalismo el que no reco­noce a los hacedores de la cultura de su tierra) de los obtusos, constantemente bloqueó la po­sibilidad de que fuera juzgado literariamente y favoreció en cambio plumas mediocres en función de la cercanía ideológica de éstos.
Sin embargo, Pla, que era un hombre tran­quilo, nunca ejerció la violencia y tampoco participó como combatiente en la Guerra Ci­vil. Traigo esto a colación porque me resulta curioso que a otros escritores que sí participa­ron activamente en la feroz contienda, en el espacio ibérico nunca se les haya negado el pan y la sal.
Veamos el caso de Camilo José Cela, cen­sor literario del régimen de Franco; soplón de altos vuelos, escritor mercenario que alguna vez estuvo al servicio del dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. Así y todo obtuvo una gran cantidad de premios, incluyendo el Nobel, el Planeta y el Cervantes.
Otro caso muy notable es el de Gonzalo To­rrente Ballester, un falangista de la primera hora más tarde reciclado, como Dionisio Ridruejo y otros intelectuales cercanos a José Antonio. Torrente Ballester entre otros galar­dones fue merecedor del Premio Cervantes, el Príncipe de Asturias de las Letras y el Premio Nacional de Narrativa. Al igual que la de Ce­la, su calidad literaria es indiscutible, y nadie le sopla el mérito. Tampoco se lo niegan y tampoco ningunean su obra y su memoria.
Pedro Laín Entralgo, también falangista, se recicló muy pronto. La opinión generaliza­da es que lo hizo honestamente. En los tiem­pos de la transición sus opiniones fueron bas­tante valoradas, en especial por la prensa pre­tendidamente progresista. Tampoco fue ninguneado.
El filósofo José Luis López Aranguren fue también falangista, si bien modificó su idea­rio en la década de los 60, en la que participó, junto a Enrique Tierno Galván y Agustín García Calvo en la tan mentada marcha de protesta universitaria. López Aranguren man­tuvo una gran amistad con el filósofo marxista Herbert Marcuse. En los últimos años de su vida fue muy apreciado por la intelectuali­dad vernácula.
Pero volvamos a Josep Pía, que en alguna ocasión dijo que procuraba describir el país de su tiempo. Lo cierto es que con esa apa­rente modesta intención el escritor ampurdanés, desde su casa de payés de Llofriu, nos re­gala una mirada universal. Fue un viajero consuetudinario, habiendo recorrido casi to­da Europa y buena parte del Medio Oriente (Israel, Cuba, Nueva York, la Unión Soviéti­ca, América del Sur), pero cuando habla de su país debemos entender que se refiere a Llofriu y extiende su visión del mundo no más allá de l’Empordá: Cadaqués, Palafrugell, Cotlliure... No otra cosa se desprende de la lectura de El quadern gris, Contraban o L’Empordanet. Pla gustaba de los límites te­rritoriales estrechos y abarcables, sin duda concebía que estos espacios, para una mira­da lúcida, podían constituir una fiel maqueta del universo entero. Pinta tu aldea y pintarás el mundo, dijo Tolstoi.

LÁZARO COVADLO

Segur de que aquest article, es una indirecta, però ven directa,  envers als sectaris d’ÒMNIUM CULTURAL, al que sempre li han  negat el pa i a sal en la seva ceba de no voler concedir-li el PREMI D’HONOR DE LES LLETRES CATALANES

PERE PÍ CABANES
Sant Hipòlit de Voltregà

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